jueves, 9 de febrero de 2012

NUMANCIA

La caída de Numancia

Los numantinos, vencidos por el hambre, enviaron cinco mensajeros a Escipión con el fin de saber si, en el caso de que se entregase, podían esperar de él un trato benévolo; el presidente de esta embajada, Avaros, ensalzó mucho la resolución y el valor de los numantinos, añadiendo que no habían cometido por ello ninguna falta, puesto que, si sufrieron hasta tal extremo aquellas calamidades, lo hicieron por sus hijos y por la libertad de su patria. Por ello, añadió Avaros, sería digno de ti, Escipión, y de tu fama el perdonar a este puebo de tan gran ánimo y de tan gran valor, proponiéndonos a nosotros, que acabamos de experimentar tales cambios de fortuna, condiciones llevaderas y soportables. Así pues, el que la ciudad se entregue, si pones condiciones moderadas, o, por el contrario, que sucumba, no depende ya de nosotros sino de ti. Así habló Avaros, y Escipión, que tenía conocimiento por los prisioneros de cómo estaba la situación en el interior de la ciudad, le respondió que alegaba la condición de que entregasen tanto la ciudad y sus ocupantes como sus armas. Al conocer esta decisión los numantinos, muy irritados ya por verse en tal trance, y acostumbrados como estaban a una libertad sin trabas e incapaces de soportar órdenes de nadie, se enfurecieron entonces mucho más aún al considerar sus desventuras. Fuera de sí, dieron muerte a Avaros y a sus compañeros de embajada por sospechar que habían tratado con Escipión de salvaguardar sus propios intereses.

Poco tiempo después, faltos los numantinos de toda clase de alimentos, sin granos ni ganados ni hierbas, comieron primero (igual que otros habían hecho ya en condiciones similares) las pieles cocidas; pero posteriormente, carentes también de pieles, se alimentaron de carne humana; en un principio con la carne de los que morían, que cocinaban en pedazos, pero posteriormente, despreciando la de los enfermos, se entregaron los más fuertes a matar a los más débiles. Ninguna calamidad les faltó: enfurecidos los ánimos por esta clase de alimento, por el hambre y por la peste, sus largas cabelleras y el abandono de sus cuerpos acabaron por darles un aspecto como el de las fieras. En tal situación se pusieron de nuevo en tratos con Escipión, quien les ordenó que aquel mismo día llevasen las armas a un lugar convenido y que al día siguiente se presentasen ellos en otro lugar; pero los numantinos aplazaron el cumplimiento de esta orden, confesando qué muchos aspiraban aún a la libertad prefiriendo quitarse ellos mismos la vida; por ello pidieron un día más de plazo para poder disponer de su muerte.

Apiano, Iberia 95-96