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martes, 22 de mayo de 2018

ORIGEN PALABRA ""TESTIFICAR"

El origen de la palabra ‘testificar’ y el bulo sobre los romanos y sus testículos




El término ‘testificar‘ es uno de los que más confusión lleva a la hora de buscar su origen, ocasionando que haya nacido a través de su etimología algunos mitos y leyendas urbanas que nada tienen que ver en realidad con la procedencia de esta palabra que se utiliza para indicar el acto de dar fe a un hecho o dar testimonio del mismo.
De todos los posibles orígenes de la palabra testificar, el que parece más fiable y está apoyado por más expertos es el que indica que  proviene de testigo y ésta a su vez viene del antiguo vocablo íbero testiguar, derivado del latín testificare.
Testificare está compuesto de testis (testigo) y facere (hacer).
No se sabe por qué el íbero no tomó testigo directamente de testis. Como curiosidad, testículo viene de testiculus, compuesto de testis (testigo) y el sufijo culus, que es usado como diminutivo. Así que los testículos son los pequeños testigos.
Hablando de estos pequeños testigos, la versión más extendida sobre el origen del término testificar, pero que a su vez corresponde a un bulo incierto, es la que nos dice que su procedencia corresponde a que los romanos juraban decir la verdad apretándose los testículos con la mano derecha, comprometiendo tan sensible parte si mentían. Como indico, muchos son los que creen, erróneamente, que de esta costumbre romana procede la palabra testificar.
Y para rizar más el rizo, una tercera versión indica que después de cada cónclave, cuando ya se había elegido el Cardenal que sería investido como Papa, antes de que éste fuese nombrado definitivamente era sometido a una prueba, realizada por otro cardenal que era nombrado para tal misión. La prueba consistía en que éste último debía palpar los genitales al recien escogido nuevo pontífice con el fin de asegurarse y testificar ante los demás los demás de que se trataba de un varón. Este curioso acto se realizaba para evitar la posible elección de una mujer como Papa, pero esto es algo que está más cerca de ser una leyenda urbana que de la realidad.

viernes, 3 de junio de 2016

ESPECTÁCULOS EN ROMA

miércoles, 1 de junio de 2016

EL TEATRO GRIEGO VS ROMANO

Teatro (griego) de Segesta
Teatro (romano) de Pompeya.
 Todos estamos acostumbrados a los grandes teatros romanos, pero como otras tantas cosas, el genio inventor fue el griego y los romanos sólo copiaron el sistema, adaptándolo a sus necesidades.
Planta del Teatro de Epidauro (Grecia)
Reconstrucción del Teatro  (romano) de Cartagena
Reconstrucción del Teatro  (romano) de Cartagena
Solía aparecer junto a los templos, pues en su origen los cantos y músicas realizados en ellos formaban parte de los rituales religiosos (como en los famosos juegos Píticos de Delfos)


Teatro de Delfos en donde se realizaban los Juegos Píticos.


Su origen (Bianchi Bandinelli) podría estar en la civilización minoica y, tal vez, hasta el siglo V a C, pudieron ser trapezoidales, estableciéndose el modelo canónico ya en el siglo IV (Teatro de Dionisios, Atenas)
Teatro (grecorromano) de Siracusa
La parte de los espectadores se denomina Koilon (cavea en el mundo romano) y se apoya directamente sobre una colina (ya tallándola, ya construyendo sobre ella) que permitía mejor visibilidad y acústica.
Cavea de Segesta (griego)
Taormina grecorromano. Cavea
Cavea del teatro romano de Borsa (Siria)

(En los romanos muchas veces se realizaba un verdadero edificio sobre el que se sustentaban las gradas, colocando tras él zonas cubiertas para los espectadores)
Teatro Marcello (Roma)
Taormina (reformas romanas. Zona cubierta sobre la cavea)
En la zona plana existía una orchestra en donde se colocaban los coros (con las flautas). Normalmente era circular (o de herradura) mientras que en el mundo romano se convertiría en semicircular al tener mucha menos importancia los coros)
Templo griego de Segesta. Cavea y orchestra
Teatro (romano) de Segóbriga
El propio escenario se denominaba Skene (scena en el mundo romano), más elevado y rectangular. Tras suyo pronto existió una pared no excesivamente elevada que dejaba ver el paisaje. (Como ya hemos dicho hablando de los templos, para la mentalidad griega, insertar el edificio en el paisaje era fundamental y una de las experiencias más alucinantes que se pueden tener es sentarse en un teatro griego y ver sus vistas (como éste que os muestro de Taormina, con el Etna y el mar al fondo, lo único verdaderamente griego que queda de él).
Por el contrario, en los teatros romanos pronto se fue generalizando una gran escena con columnas, nichos con estatuas y puertas, según Blanco Frejeiro, claramente influida por el segundo estilo (arquitectónico) de la pintura.
Segundo estilo. Villa de los misterios
Scena del teatro de Borsa. Siria (Romano)
Teatro (romano) de Palmira. Siria
Siguiendo el modelo de los teatros, los griegos desarrollarán sus eclesias y sus odeones (edificios cubiertos para la música)
Odeón. Taormina

La Fórmula-1 del Imperio Romano

Vuelve Ben-Hur: La Fórmula-1 del Imperio Romano

El ocio en el mundo clásico se entendía como un tiempo para el descanso y el placer. Las carreras de carros en Roma, de actualidad ante el próximo estreno del «remake» de «Ben-Hur», eran uno de los espectáculos favoritos en el Circo Máximo
jack-huston
Jack Huston (que interpreta a Judah Ben-Hur), en la histórica escena de la carrera de cuadrigas de la superproducción que se estrenará en agosto en EE UU
Fuente: David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN
22 de mayo de 2016
El concepto de tiempo libre en las sociedades occidentales remite invariablemente al mundo clásico, a Roma y, más allá aún a Grecia, y lo hace en su inicio con un rico trasfondo literario y filosófico, aunque haya derivado en un ocio vacuo y manipulador. Si el vocablo castellano ocio remite al latín «otium» el concepto en griego antiguo se expresaba con una polisémica palabra, «scholé», que ha resultado nada menos que en nuestra «escuela». En Grecia «scholé» significaba, a la vez, tiempo libre e instrucción. Frente a ello, la falta de ocio era la «ascholia» (con la alfa privativa), es decir, el «no-ocio», implicaba un cierto estado de servidumbre de lo físico y lo material. El tiempo libre, en el ideal de los buenos ciudadanos, había que dedicarlo al cuidado del espíritu y de la cultura. Existían, por supuesto, en el mundo antiguo maneras de pasar ese tiempo libre en espectáculos de muy variada índole, desde el teatro y las competiciones deportivas, hasta las representaciones de danza, mimo o juegos de habilidad o lucha. Desde luego, el ocio del hombre de bien, como nos dicen Platón o Aristóteles, era para dedicarlo no a espectáculos serviles que envilecieran el alma, sino a los goces supremos de la especulación científica y filosófica, a la escuela del alma, o al bien colectivo representado por la dedicación desinteresada al gobierno de la polis.
Otra cosa era el atletismo antiguo, que tenía implicaciones religiosas, al celebrarse en el marco de los grandes festivales panhelénicos dominados por las cúpulas dirigentes de todo el mundo griego, y suponía un espectáculo regido por un código ético elevado y elitista. También tenía otra consideración muy diferente, por sus matices políticos y educativos, el teatro en Atenas. Nuestro ocio actual, como se ve, no puede equipararse conceptualmente con un tipo de ocio antiguo, pues este presenta una gran variedad.
En Roma, a grandes rasgos, el ocio se concebía en general como un lapso de descanso y placer, de dispersión del espíritu. A diferencia del mundo griego, en el unitario estado romano, en el que primaban la expansión militar y económica, se dio una organización socioeconómica más compleja, de sostenida y creciente urbanización, diferenciación de sectores sociales y con grandes masas de desocupados «libres», lo que tal vez mantenía a la mayor parte de la población ajena a intereses comunes en el plano de las ideas.
La negación del «otium» romano, es el «neg-otium», de donde deriva «negocio», es decir, trabajo al que se dedicaban negociantes y mercaderes, pero también la gestión de las haciendas de los ricos ciudadanos que gobernaban el estado romano, la llamada nobilitas patricio-plebeya que será el sustento de las cúpulas dirigentes desde la República. Pronto surgió el problema de a qué convenía que cada clase social dedicara el tiempo libre. El ocio del ciudadano romano de pro había de ser empleado, lejos del servicio público y de los ojos de los conciudadanos, en una soledad fecunda que se dedica a la producción de obras literarias, sobre todo de historia o filosofía política, recogiendo el ideal griego de la scholé. Así lo manifiestan las obras de Cicerón y, más tarde, de Séneca sobre el tema. Pero, por otro lado, Roma atestiguará el uso de una especie de ocio popular en forma de espectáculos masivos con arreglo a intereses políticos, para tener controlada a la población con festivales, juegos, carreras y otros espectáculos.
Baños de sangre y muerte
Sin duda dos de los espectáculos favoritos de las masas eran las carreras del Circo Máximo, heredadas del mundo griego, y los juegos gladiatorios, una bárbara derivación de los agones luctatorios del atletismo griego, protagonizada por esclavos, y que acababa en baños de sangre y muerte. Las carreras de carros recogían indirectamente la tradición del olimpismo griego, en el que las carreras en el hipódromo eran el centro de los juegos por su espectacular desarrollo y por ser financiadas por los grandes potentados de la época, que eran realmente los que obtenían el honor y la gloria del triunfo. En Roma, frente a Grecia, era el auriga el premiado y no el dueño de los caballos y el carro, y se convertía en toda una estrella para la sociedad. Las carreras fueron un útil instrumento de dominación social: los ciudadanos más pobres podían acceder a este espectáculo, ofrecido por su líder político, y acercarse al emperador, que se unía de esta manera a su pueblo. El público se organizaba en facciones que apoyaban denodadamente a uno u otro auriga, llegando a protagonizar enfrentamientos violentos. Bizancio heredará la pasión por las carreras de carros de caballos en el famoso Hipódromo de Constantinopla, algunas de cuyas estatuas se pueden ver aun hoy en la Basílica de San Marcos de Venecia. Las facciones del circo constantinopolitano, más rebeldes que las romanas, llegaron a protagonizar sonadas revueltas contra emperadores como Justiniano. El control social se acabaría convirtiendo en descontrol.
Pero el circo romano y todo lo que lo rodea sigue fascinándonos hoy día, ya sea como espectáculo irrepetible o como mecanismo sociopolítico (panem et circenses), en ambos casos como precursor de lo que hoy hay. Pocas recreaciones han sabido captar la fascinante atracción de este espectáculo de masas, entre política, ostentación y entretenimiento, como la famosa y vibrante escena de la carrera de cuadrigas de la película «Ben-Hur» (1959), de William Wyler, protagonizada por Charlton Heston, que ahora ha tenido un «remake» que llegará a las salas de cine este verano y que pretende ser aún más espectacular.
Sin embargo, el concepto de ocio en el mundo antiguo era otra cosa muy diferente al «entretenimiento». Lo que nos cuenta la literatura antigua es que había que aspirar a la scholé griega o al otium cum dignitate encomiado por Cicerón, formativos del espíritu, y alejarse de las masas a las que los poderosos adulaban con fiestas y espectáculos. Roma supone un desarrollo de un ocio mal entendido, como entretenimiento vacío, arma de propaganda, embrutecimiento y dominación. El ocio se comienza a expresar en actividades concretas y colectivas, no ya en términos ideales, regido por la búsqueda de lo inmediato y del placer material y desprovisto de los parámetros de moralidad expresados por los filósofos griegos y latinos. El tiempo libre, en suma, se moderniza notablemente en Roma: se empezará a parecer, de forma precursora, a nuestra idea de ocio, que cada vez, por desgracia, es más alienante y ajena a lo intelectual. Mantener, pues, al pueblo entretenido y lejos de la reflexión parece ser uno de los objetivos del poder en todas las épocas. Otro había de ser el ocio culto del ciudadano.
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Charlton Heston al mando de su carro en «Ben-Hur» (1959)
Un año entero para preparar una secuencia mítica
La película «Ben-Hur» (1959), de William Wyler, contiene la más espectacular recreación de una carrera de cuadrigas de la historia del cine, pendiente de ser superada por su «remake» dirigido por Timur Bekmambetov (2016). La escena de la carrera, que estuvo preparándose durante un año, se inspira a su vez en la secuencia paralela de la primera versión de la película, de Fred Niblo (1925). Históricamente, pese a las licencias habituales, se trata de una recreación bastante fiel del circo y sus elementos clave, que permiten al espectador hacerse una idea de la magnificencia del Circo Máximo y de la potencia política que la comunión entre emperador y pueblo permitía en aquel espectáculo.
Un clásico popular que sigue vendiendo
La novela «Ben-Hur» del escritor Lewis Wallace, publicada en 1880, fue un éxito muy notable de público y tuvo una enorme fama en su tiempo y en la posteridad, gracias en parte al cine. Pese a ciertas carencias literarias que refieren sus críticos frente a otros clásicos de la novela histórica sobre el mundo romano –excelentes son «Quo Vadis», la introspectiva «La muerte de Virgilio» o la inolvidable «Memorias de Adriano»– «Ben-Hur» presenta de forma atractiva una narración que mezcla los aspectos más populares del mundo romano con el elogio del nacimiento del cristianismo. La combinación entre personajes ficticios y reales, así como la paráfrasis de la narrativa de los Evangelios, combinando romanticismo y espiritualidad, son una de las claves de su éxito. El autor dio su visión sobre el Jesús histórico y su contexto y realizó una obra histórica, romántica y a la par apologética que ha gozado del favor del público desde entonces. Lewis Wallace dijo que escribió «Ben-Hur» como una manera de interpretar sus propias creencias acerca de Dios y de Cristo. La novela ha sido muy popular desde su publicación; a menudo aparece en las listas principales de la literatura estadounidense como uno de los libros más vendidos.
David Hernández de la Fuente es escritor y profesor de Historia Antigua de la UNED

lunes, 11 de enero de 2016

¿Por qué casi todos los países de Europa terminan en – ia?




Viene del latín – ia es un sufijo latino que significa “país de los”.
Fueron los romanos los que por su lengua llamaron así a los países.
País de los griegos: Graecia
País de los árabes: Arabia
País de los germanos: Germania
La razón es puramente lingüística en función del idioma en que se puso nombre al país.
No es solo para los países de Europa, sino en general para todo lo que era conocido durante los romanos o durante la Edad Media.(India, Etiopía, Mongolia)
Por defecto en castellano todos acaban en – ia.

-España (viene de Hispania). En la evolución del latín hacia el francés antiguo, los acabados en –ia se transformaron en – ña. (Bretaña, España).

sábado, 7 de noviembre de 2015

EL CIRCO ESCONDIDO DE VALENCIA

Ocupaba una superficie de más de tres campos de fútbol. Con 350 metros de largo y más de 70 de ancho, el circo romano de Valentia era la construcción más imponente de nuestra ciudad en el siglo II, durante la época romana y bizantina. Partía desde la calle de la Paz, a la altura del Colegio del Patriarca, y llegaba hasta la calle Almirante, donde se encuentra la sede de Comisiones Obreras.
Sin embargo, el circo romano es un gran desconocido para muchos de los valencianos. De hecho, hace poco más de veinte ni siquiera historiadores y arqueólogos imaginaban que, bajo el suelo de Valencia, yaciera un circo romano.
Los descubrimientos de los restos del circo comenzaron en 1987, en la calle Barón de Petrés, donde aparecieron dos basamentos de piedra de la zona de las carceres. Un año después apareció el primer tramo de la pared, el occidental; y en 1990, el oriental. Entonces, todos estos descubrimientos se consideraron que formaban parte de la muralla romana.
Sin embargo, en 1993 se encontraron sendas muestras deterioradas de los muros interno y externo del circo que, junto al hallazgo en 1995 de un fragmento de la cabecera de salida y meta en la calle de la Paz disiparon todas las dudas.
“El circo romano era un hipódromo, y en la antigüedad, sobre todo en la época romana del Imperio y en la época bizantina, era el deporte principal; era una actividad de trascendencia similar al fútbol de ahora, ya que los emperadores estaban siempre pendientes de que el pueblo tuviera su ración de circo”, explicó Albert Ribera, jefe del Servicio de Investigación Arqueológica Municipal de Valencia.
“Las competiciones las disputaban doce cuádrigas, que salían a la vez, y que daban doce vueltas al recinto; siempre había accidentes y se producían escenas casi de terror pero que a los antiguos les interesaban”, señaló Ribera. “Se conocen una decena de puntos del centro de Valencia con restos del circo, que yace debajo de la ciudad, y que se han ido localizando uno por uno hasta montar el puzzle final”, destacó.
Las carceres estaban en la calle Barón de Petrés. Los restos del muro occidental, en la plaza de Nápoles y Sicilia, al igual que la arena. En la calle Palau hay también restos del muro occidental, así como en la calle Miracle. Del muro oriental, atravesaba la calle Trinquet de Cavallers y la calle Comedias. La ‘spina’, el muro central, estaba donde se encuentra San Juan del Hospital. Y la cabecera del circo, en la calle de la Paz.
Sin embargo, sólo en tres lugares de Valencia pueden verse hoy en día restos del circo romano. “Una parte de la muralla está en un restaurante que hay en el cruce de la calle Comedias y la calle del Mar –El Soho del Mar–; existen también tres elementos de las metas en el bar del Hotel Caro; y en la cripta de la reina Costanza, en la Iglesia de San Juan del Hospital se conserva parte del muro de la ‘spina’, el muro central, donde se colocaban obeliscos e inscripciones”, señaló Albert Ribera.

lunes, 10 de agosto de 2015

LA EDUCACIÓN EN ROMA


imperio romano

Gran parte de los niños romanos fueron a las escuelas (hasta los doce años); las escuelas eran mixtas. A los doce años los niños se separaban, y solo los varones de las familias adineradas proseguían los estudios, bajo la tutela de un gramático: autores clásicos y estudio de la mitología; las niñas entre los 12 y 14 años eran consideradas en edad núbil: podían ser ya prometidas a varones de otras familias, y a los 14 eran ya consideradas como señoras (domina, kyria), a esa edad se casaban, y desde entonces se dedicaban solo a embellecerse o a trabajar en la rueca, las aristócratas claro. Su futura educación dependería del marido, quien decidía acerca del desarrollo de su saber.

Los estudios del varón no se hacían con fines utilitarios sino más bien por la apariencia (prestigio) enfocándola más que todo en la retórica. En las zonas griegas del imperio la educación era diferente, ya que conservó su ancestral sistema de enseñanza: primero porque era pública, se hacía en gimnasios abiertos para todo el mundo; segundo porque el enfoque estaba puesto tenazmente en el deporte, que ocupaba más de la mitad del tiempo de los chicos; y finalmente porque la educación griega se prolongaba hasta los 16 o incluso los 18 años de edad, en que el joven era todavía considerado como un efebo. La historia, filosofía y literatura se enseñaban en los rincones mismos de los gimnasios. Aún hay una cuarta diferencia: todos los preceptores romanos (que frecuentemente eran griegos) enseñaban griego a sus pupilos, pues era la lengua de la cultura y de las ciencias, mientras que en Grecia ignoraban el latín y no lo tomaban muy en serio, ignoraban incluso a Cicerón o a Virgilio; solamente después de largo tiempo, a finales de la antigüedad, aprenderían estos latín, “para llevar a cabo una carrera jurídica en la administración imperial”.



Terminada la educación el joven romano aristócrata tenía dos caminos: el ejército o la administración pública; los más pudientes optaban por la segunda vía, siendo frecuente ver a chicos de 16 o 18 años ocupando el cargo de oficiales o sacerdotes del estado o de oradores del foro. Como dijimos, la retórica era muy apreciada: un buen orador tenía siempre más popularidad o fama que cualquier poeta (la oralidad era más tomada en cuenta que la escritura). Pero la retórica siempre se ocupó de temas fáciles que atañían sobretodo a las relaciones sociales mucho más que a la naturaleza o la psique (temas preferidos por los griegos). Por otra parte, no había mayoría de edad legal; simplemente el padre decidía cuando cambiar de ropas (ponerle la toga) y afeitar a su hijo, tratándolos o de púberes o de impúberes