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miércoles, 8 de junio de 2016

El “Edicto de Tesalónica”, por TEODOSIO I


El “Edicto de Tesalónica”, por TEODOSIO I, confirma el cristianismo como religión de Estado.


Por el “Edicto de Tesalónica” (Cunctos populos), promulgado, en la fecha, por el emperador romano de Oriente TEODOSIO I el Grande, se establece el catolicismo como religión de Estado en el Imperio, terminando con los últimos restos de paganismo y constituyendo el final de la evolución del Imperio romano enteramente cristianizado. Dice el decreto: “es voluntad de los emperadores que todos profesen la religión que Pedro transmitió a los romanos y es la profesada por Dámaso. Creemos en una sola divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, con idéntica majestad y Santa Trinidad”. El emperador se sitúa con claridad en la fe de Nicea y prepara el tema que se debatirá en el concilio convocado en Constantinopla para mayo de 381. Así, pues, quien erige al catolicismo como religión oficial del Estado es TEODOSIO I, ya que Constantino I se había limitado, con el “Edicto de Milán” en 313, únicamente a prohibir que se persiguiese a los cristianos y a ofrecer una libertad de culto

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miércoles, 4 de noviembre de 2015

LAS NAVIDADES, HEREDERAS DIRECTAS DE LAS SATURNALIAS Y LAS BRUMARIAS ROMANAS


Cuando el cristianismo comenzó a imponerse y extenderse la Iglesia se dio cuenta rápidamente de una cosa, se pueden cambiar ideas, se pueden imponer ideas, pero no se puede cambiar la tradición y no se puede cambiar el ciclo de la vida de las personas. Estos pueblos paganos no sólo celebraban banquetes y libaciones en honor a sus dioses, sus dioses eran la propia tierra, la propia naturaleza y su adoración estaba ligada a ellos y a sí mismos. Celebraban el inicio de las cosechas y su fin, celebraban los solsticios, los cambios de estación, celebraban la vida y celebraban la muerte.

 

 ¿Cómo podía la Iglesia cambiar eso? ¿Cómo podía la Iglesia imponer unas nuevas ideas, cultos y celebraciones que no tenían nada que ver con lo que estos hombres y mujeres conocían y sentían? En un alarde de absoluta agudeza la Iglesia comprendió que no podría cambiar las prácticas paganas; en principio sabían que de facto iban a seguir siendo paganos, por ello optó por adaptar y transformar las celebraciones y festividades paganas en festividades y celebraciones cristianas.

 

 Así, el solsticio de invierno se convirtió en la Navidad, el solsticio de verano se convirtió en San Juan, Samhain (el equinoccio de otoño) se convirtió en Todos los Santos y el equinoccio de primavera en la Pascua, por poner unos cuantos ejemplos.

 

Uno de estos pueblos paganos era el propio Imperio Romano, donde también se celebraba el solsticio de invierno en el que los días dejaban de ser cortos y empezaban a alargarse con el cambio de la estación.

 

Sin embargo, en el año 313 en emperador Constantino I decretaba la libertad de culto en el Imperio y el cristianismo dejaba de perseguirse a través del Edicto de Milán y en el año 380 el emperador Teodosio I promulgaba el Edicto de Tesalónica, por el cual el catolicismo se convertía en la religión única y oficial del Imperio.

 

Como era de esperar, el pueblo romano no se cristianizó de golpe y siguió celebrando sus festividades ancestrales, por lo que a la Iglesia no le quedó otro remedio que llevar a cabo esa estrategia de absorción de la que hablábamos, transformando las costumbres paganas dándoles un nuevo sentido cristiano.  Si lo que celebraban los romanos era que el sol que vencía a las tinieblas para alagar el día, la Iglesia le dio un nuevo significado.

 

 El nacimiento de Jesucristo era ese sol que vencía a las tinieblas. Y así se adaptaron todas aquellas festividades paganas de muchas sociedades relacionadas con el solsticio de invierno en la Navidad cristiana.

 

Ya sabemos que la Navidad es una adaptación de las fiestas paganas, pero, ¿por qué el 25 de Diciembre exactamente? Algunos autores creen que es mera coincidencia y que ese día no tiene nada que ver con el paganismo, sin embargo esta teoría carece de bastante sentido cuando somos conscientes de que ninguna otra teoría histórica avala el nacimiento de Jesús como real en esa fecha. No hay evidencias históricas que así lo confirmen.

 

Otros autores creen que se escogió el 25 de Diciembre para hacerlo coincidir con esa celebración pagana de los romanos del solsticio de invierno de la que hemos hablado. Éstos tenían una festividad llamada Saturnalia, en honor a Saturno, que comenzaba el 17 de Diciembre y duraba siete días. Al final de Saturnalia, el 25 de Diciembre, se celebraba el Natalis Invictis Solis o Deus Sol Invictus, el nacimiento del sol invencible dedicado al dios Apolo.

 

 Ese mismo 25 de diciembre también se celebraba la fiesta de Brumalia que coincidía con el solsticio y que estaba dedicada al dios Baco, aunque para otros este nombre significa “fiestas de invierno“, del latín bruma  que significa “el día más corto“, e incluso, “invierno”, porque los brumales caían en esta estación.


 Durante esos días los romanos descansaban, no guerreaban, intercambiaban regalos e incluso los esclavos recibían prebendas como raciones extras de comida o, incluso, la liberación.

 


La palabra Navidad proviene de la palabra latina nativitas que significa nacimiento y se refiere particularmente al nacimiento de Jesucristo, sin embargo, en ninguna parte de la Biblia se menciona la fecha exacta de su nacimiento. 


Los romanos, al cristianizarse, adaptaron estas festividades, unas de las más importantes y que no podían quitarle al pueblo, y las convirtieron en el nacimiento de Jesús y en el día de Navidad en ese mismo 25 de Diciembre.

miércoles, 14 de octubre de 2015

LOS ROMANOS, ¿UN PUEBLO SUPERSTICIOSO?

Foto: Obra Social Fundación “laCaixa” – Pepo Segura
Viejos rencores, supuestos agravios, envidias, celos, deseos de venganza… Los antiguos romanos no se quedaban cortos en lo que respecta a las bajas pasiones y tampoco parecían muy preocupados por ocultarlas.
Bien al contrario, tenían la costumbre de gritarlas a los cuatro vientos en forma de mensajes, maldiciones y amenazas que plasmaban en tablillas de cera, paredes o papiros. Las conocidas como “tablillas de maldición” son un buen ejemplo de ello y en una encontrada en Bath (Reino Unido), su autor invoca a la diosa Sullis Minerva para que cause “impotencia, locura o ceguera” a los rivales.
La rabia y el rencor eran los motores principales de estos exabruptos, junto con otro poderoso sentimiento humano: el amor. Los conjuros amorosos para conseguir a la persona amada o alejarla de otros pretendientes son también un tema recurrente en esta ‘literatura de la vida cotidiana’ que los pueblos clásicos eran tan aficionados a escribir.
Foto: carmen.gb (CC BY-NC-SA 2.0)
La popularidad de estas formas de ‘comunicación’ se debe, en gran parte, a que el pueblo romano era muy supersticioso. Creativos, pragmáticos, estrategas y, aunque parezca contradictorio, temerosos de los dioses y de la magia. Al igual que los griegos, de los que heredaron esta mentalidad, los antiguos romanos buscaban algún tipo de protección o ayuda para prevenir o causar el mal. Costumbres y ritos más o menos complejos que les aportaban seguridad frente a los innumerables peligros que aguardan en la existencia. Todas las culturas de la Antigüedad han dejado manifestaciones de esta preocupación eterna.
La palabra superstición, en la antigua Roma, significaba “superstatio”, es decir una ubicación superior de los dioses, que están por encima de los hombre y que comunican su voluntad. En el blog ‘Historia Clásica’ leemos: “Cualquier fenómeno atmosférico, o cualquier evento inusual relativo a animales, ya sea en su interior como en su exterior, podía llevar a vaticinios, que los romanos tenían muy en cuenta. No sólo eso, si no que un augurio favorable o desfavorable podía diferir o propiciar decisiones tan trascendentes como el inicio de una batalla”.
amuletos
Foto: Trujinauer (CC BY-NC-ND 2.0)
Permanentemente preocupados por el futuro, “antes de tomar una decisión, consultaban al augur, que les decía si ésta era correcta o no. Los augures eran los que veían lo que iba a suceder y tenían cierta conexión con los dioses, por ejemplo, por la forma de volar de un ave. Además, éstos, interpretaban los sueños, así como las respuestas de los oráculos, y la ira de los dioses, aconsejando cómo protegerse de ellos” (‘La antigua roma: creencias religiosas y supersticiones’).
En el ámbito doméstico, la casa y sus habitantes recurrían a la protección de los lares loci, cuya función primordial era velar por el territorio en que se encontraba la casa familiar. Antes de que la propiedad privada fuese regulada por el derecho, eran los dioses lares los encargados de evitar que los extraños se adentrasen en tierras ajenas mediante, según la creencia popular, la amenaza de enfermedades que podían llegar a ser mortales.
Las familias romanas sentían una gran veneración por los lares, que representaban en forma de pequeñas estatuas. Éstas se colocaban tanto dentro como fuera de la casa en pequeños altares llamados lararia siempre rebosantes de ofrendas.
lares
Foto: Álvaro Pérez Vilariño (CC BY-NC 2.0)
Respecto a la muerte, en el imaginario romano, los fallecidos seguían formando parte de la sociedad, para bien o para mal, y se les seguía venerando o temiendo. “El alma pasaba a formar parte de los dioses manes, que eran los espíritus familiares, los Dei parentes et manes. De esta manera el difunto pasaba a formar parte de las divinidades en el plano familiar, recibiendo culto. Para ello tenían que pasar distintos ritos funerarios (el más conocido, la pequeña moneda de plata que debía abonar a Caronte); de lo contrario, se convertía en un alma errante sin descanso” (Tempora, Magazine de historia).
Muerte, conjuros, hechizos, maldiciones… Siempre hemos creído que las sociedades clásicas eran muy sofisticadas, y que sus gentes sobreponían la razón a la superstición. Creadoras de un arte mayúsculo, grandes obras públicas, ciudades modernas y prósperas e invencibles ejércitos, vemos que la magia y la superstición también formaban parte de su vida. Los hombres y mujeres de hace 2.000 años, como los de ahora, no podían explicarlo todo únicamente con la razón.

jueves, 2 de octubre de 2014

TEST DE DIOSES GRIEGOS Y ROMANOS


DIOSES GRIEGOS Y ROMANOS

TEST SOBRE DIOSES ROMANOS


jueves, 22 de noviembre de 2012

MIÉRCOLES. ORIGEN DE LA PALABRA

Miércoles es, etimológicamente, el día de Mercurio. Este era para los romanos el dios del comercio, el protector de los viajeros y el emisario de los dioses.

En latín clásico, el nombre del día de la semana era Mercuri dies ‘día de Mercurio’. De ahí tenía que haber salido miércole si todo hubiera seguido su curso; pero se coló una -s antietimológica por analogía con martes, jueves y viernes, que eran Martis dies, Jovis dies y Veneris dies, respectivamente. Siguiendo ese modelo, la gente empezó a decir Mercuris dies. Eso mismo es lo que le pasó a lunes.
En castellano, miércoles perdió el elemento dies porque se impuso la versión abreviada Mercuris. Sin embargo, en otras lenguas románicas sí que se conserva dicho elemento embebido en el nombre. En francés e italiano va al final (mercredi, mercoledi) porque vienen de la versión Mercuris dies. En cambio, en catalán dimecres aparece antepuesto porque salió de dies Mercuris.